ermita de Corona

Con toda probabilidad la ocupación del suelo en todo el valle comenzó en Corona. El ensanchamiento de la garganta sirvió de base al primer núcleo de la población por su mejor clima y las posibilidades ganaderas que allí se ofrecían. Además Corona fue zona de refugio, puesto que estaba rodeada de murallas y desfiladeros fácilmente defendibles.

En las montañas del norte de la Península Ibérica, los godos se refugiaron y presentaron una emboscada a las huestes musulmanas que se habían apoderado del territorio apenas un tiempo atrás. Estaban capitaneados por un sagaz joven de ímpetu guerrero, llamado Pelayo. Estos se negaban a ser conquistados, y así comenzó un movimiento que hoy conocemos como Reconquista. Emprendieron camino hacia el sur persiguiendo las hordas musulmanas, y fue allí por donde pasaban, cosechaban éxitos y se añadían más seguidores a su ejército cristiano.

En el año 718, siendo Balí Al-Hurr, Pelayo, espatario del Rey Rodrigo e hijo del Duque Fáfila, huyó de Córdoba y regresó al Norte donde al no prestar su consentimiento a la boda del Gobernador bereber Munuza con su hermana y perseguido por este hubo de refugiarse en los abruptos Valles de los Picos de Europa donde alentó a sus moradores a la rebelión frente al invasor siendo proclamado líder en los Concejos de Ponga, Sajambre, Valdeón, Áliva y Onís.

Contra esta sublevación se dirigió Alkama en el año 722 dando lugar a la batalla en las laderas del "Monte de Auseva". Los Picos de Europa y en especial Valdeón, volvían a ser al igual que en época Romana el último reducto de una rebelión contra los invasores fundada en el sentido de la libertad de sus pobladores y en su abrupta orografía de muy difícil sometimiento.

Esta tradición goda cuenta que Pelayo fue levantado sobre su escudo y coronado como rey, al son de los vítores que jaleaban su victoria en el Monte de Corona. Allí, en el mismo lugar en que fuera coronado el nuevo rey, se erigió una ermita sobre un antiguo castro, que sería dedicada a la Virgen de la Corona.

Desaparecidas primero con la pacificación romana y posteriormente con la reconquista las necesidades defensivas, los pobladores de estos parajes buscaron mejores zonas de utilización agrícola sobre el fondo de la cuenca. Allí se encuentran hoy los principales núcleos de población. Caín, aislado por las paredes verticales de las hoces, permaneció como una isla en el corazón de los Picos.

La ermita, que remonta sus orígenes a los albores de la Reconquista, volvió a tomar mayor importancia cuando, en el 1580, tras una época de sequía destructora y abrasante, que arrasaba pastos y ganados, con un pueblo sediento y desesperado, acudió a ella pidiendo los favores de su Patrona, alzando al cielo una plegaria que rogaba por el agua. Las plegarias fueron oídas y el agua llegó, y como acción de gracias, el Real Concejo de Valdeón prometió una romería transportando la imagen de la Virgen a las parroquias de Soto y Posada de Valdeón, un voto que comprometía a sus gentes a asistir a la procesión so pena de ser multados, pero el castigo nunca hubo de ser impuesto, pues siempre fue, y sigue siendo, mayor la devoción que la obligación.

Cada año el 8 de septiembre se celebra la festividad de la Virgen de Corona consistente en sacar la imagen de la Virgen en procesión el último domingo del mes de agosto para trasladarla a una de las dos Parroquias del Concejo. Si el año es par será acogida por la Parroquia de Santa Eulalia en Posada y si el año es impar se albergará en la parroquia de San Pedro en Soto. La ermita guarda una imagen de madera policromada del siglo XVII, recientemente restaurada.

Casería de Corona. Allí se encuentran, además de la Ermita de Corona otros nueve invernales dispersos, así como diversas oquedades y cuevas que son aprovechadas como corrales para los rebaños de cabras y ovejas, empleándose cierres de madera como cercas

Diversos historiadores, siguiendo crónicas de la Monarquía Leonesa del siglo XII en escritos próximos a la Colegiata de San Isidoro, documentos Mozábares del año 754, o las Crónicas de Alfonso III El Magno en documentos (Scriptorium) redactados sobre el año 900, que narran la batalla acontecida más de 220 años antes (se cree que el año 722) en las laderas del "Monte de Auseva", que posteriormente se dio en llamar en fechas más tardías, como Batalla de Covadonga, por la proximidad a la gran cueva e intereses de la Regnum Astorum e Iglesia para intentar desvincularlo definitivamente del origen de la Monarquía Leonesa. Los árabes derrotados en la batalla, en la que el emir árabe Alkama fue vencido por los trescientos integrantes en huestes visigodas del Rey Pelayo en el "Monte Auseva", huyeron por las montañas, llenas de impresionantes cortados, muestra las dificultades orográficas a las que se enfrentaron las derrotadas tropas musulmanas.

También, en documentación de los archivos de Simancas, se hace referencia a que en la época de dominación musulmana de estas tierras, obligaron a los godos cristianos a huir, y estos al no poder llevar con ellos a su ídolo, una riquísima estatua de oro macizo que medía de tres codos de altura, y otros tesoros fantásticos de plata repujada, joyas y artísticos medallones que decidieron enterrarlos en el Valle de Corona donde ahora se halla la ermita. Cuando se construyó la ermita en el siglo XVI, parece que fueron encontrados gran parte de esos tesoros, consistentes en oro molido, pero hasta el día de hoy no ha aparecido el ídolo de oro.

Cerca de la ermita en dirección a Cordiñanes, se localizan enterramientos medievales cristianos. Se trata de tumbas de lascas de roca adosadas y paralelas todas orientadas al sur. La necrópolis medieval de Barrejo forma parte de la antigua iglesia de San Pedro de Barrejo, documentada en los años 1098 y 1113.

La necrópolis se excavó en los años 90 y se exhumaron 26 esqueletos datados entre los siglos XII y XIII. En uno de los restos, se han encontrado evidencias de la enfermedad de lepra en un hombre que tendría unos 30 años en el momento de la muerte. Los responsables de la excavación encontraron las huellas que deja la lepra en la cara, con lesiones iniciales, antes de que se desarrolle por completo la enfermedad. No resulta infrecuente en poblaciones aisladas donde la convivencia con los enfermos era normal y rutinaria.

“En principio, llama la atención que hubiera lepra en un valle tan aislado, pero hay que tener en cuenta que en realidad había mucha movilidad y mucho comercio con Cantabria y Asturias, donde la lepra era endémica en el siglo XIII, ya que se han documentado hasta 24 hospitales de leprosos en el Camino de Santiago a su paso por Asturias”.

El Monte Corona tiene 362 Ha de bosque mixto caducifolio con influencia mediterránea, (situado en el MUP 491 Corona), del que es titular el Real Concejo de Valdeón, ubicado entre el Macizo Central y el Macizo Occidental de los Picos de Europa.

Con predominio del bosque atlántico caducifolio con especies como: el haya, pino silvestre, avellano, acebo, nogal, gran variedad de orquídeas, saxífragas, etc. y pequeños bosques de carácter mediterráneo como: encinas, quejigos, sabinas, madroños, etc. El monte Corona que es el único bosque autóctono de tilos de Europa. Solamente se encuentra algún otro en Japón.

Desde tiempos muy remotos, los Cainejos han aprovechado la vegetación de estas montañas como una farmacia natural. Las flores de tilo son utilizadas en infusión como un tranquilizante natural, ha de ser recogida cuando la flor está abierta esto es a partir de junio, momento en el que el principio relajante es más alto. Tras podar el tilo las ramas cargadas de flores se llevan para pelar las flores y posteriormente ser secadas a la sombra. Una vez secada la flor, pierde más de la mitad de su peso, ya se puede comercializar y utilizar.

Aunque actualmente en Caín la tila es un aprovechamiento en recesión, fue durante años motor indispensable de la economía local, llegando a recolectar algunas familias hasta 340 Kg de tila seca. Las flores se comercializan a tratantes de tila o se cambian por productos de fuera. Los bosques de tilos de Caín siempre dieron grandes cosechas. La tila es un ejemplo en el que queda patente la utilización de los recursos naturales al alcance de los montañeses.

El tilo es un árbol que puede vivir hasta mil años y llegar hasta 30 metros de altura. Las hojas son acorazonadas con el borde aserrado y sus flores son de color verde pálido muy olorosas.